La Asunción de María, un camino joven hacia el cielo

El Catecismo enseña que, terminado el curso de su vida terrena, María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial

La Asunción de María, un camino joven hacia el cielo

En días pasados tuve la alegría de ser invitado por dos grupos juveniles de la Parroquia Santuario de Guadalupe de Ciudad Obregón: Totus Tuus, integrado por jóvenes universitarios y profesionistas, y Mater Dei, formado por jóvenes de secundaria y preparatoria. Agradezco de corazón a ambos grupos la oportunidad de compartir con ellos una reflexión sobre la Asunción de la Virgen María. Lo que compartí con estos jóvenes quisiera prolongarlo ahora en estas líneas de Cardiomorfósis, porque la solemnidad del 15 de agosto es una celebración mariana, y es también una llamada a mirar hacia el cielo, descubriendo hacia dónde quiere conducirnos Dios.

La Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a la gloria del cielo es el cuarto y último dogma mariano proclamado solemnemente por la Iglesia. El Papa Pío XII lo definió el 1 de noviembre de 1950. El Catecismo enseña que, terminado el curso de su vida terrena, María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial (CEC 966), y que su Asunción constituye una participación singular en la Resurrección de Cristo y una anticipación de la resurrección de todos los cristianos (CEC 974).

Por eso, la Asunción no es solamente un privilegio concedido a María. Es una profecía de nuestro propio destino. En ella contemplamos lo que la gracia de Dios quiere realizar en nosotros: La victoria sobre el pecado, la transformación de nuestra vida y, finalmente, la victoria de la vida eterna sobre la muerte. María nos precede hacia la meta para enseñarnos que el cielo no es una idea abstracta, sino la verdadera patria hacia la cual camina nuestra existencia.

Hay una frase que resume muy bien esta espiritualidad: “María fue elevada al cielo porque primero permitió que el cielo habitara en ella. La pureza del corazón es dejar que Dios reine en nosotros”.

El capítulo 12 del Apocalipsis nos presenta una gran señal: “Una Mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1). La Iglesia ha visto en esta Mujer una imagen de María glorificada, pero también de la Iglesia que peregrina, lucha contra el mal y espera la victoria definitiva de Dios.

Y precisamente por eso quise proponer a nuestros jóvenes —y también a quienes ya hemos dejado atrás la juventud— un camino sencillo: M.A.R.Í.A., Camino joven hacia el cielo.

M — MIRADA LIMPIA.

Jesús proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). María nos enseña que la pureza comienza en la mirada y en el corazón. Su corazón perteneció enteramente a Dios. La Asunción nos recuerda, además, que nuestro cuerpo posee una dignidad eterna: No somos solamente materia destinada a desaparecer; somos criaturas llamadas a la resurrección. Por eso, un joven cristiano está llamado a comprender que su cuerpo no es un objeto para usar ni para ser usado, sino un regalo de Dios llamado a la resurrección.

A — AMOR ENTREGADO.

En la Anunciación María responde: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). María llegó a la gloria porque primero descendió al servicio. Su grandeza no nació de buscar protagonismo, sino de entregar su vida a Dios y a los demás. En una cultura que con frecuencia invita a vivir para ser vistos, admirados y reconocidos, María propone otro camino, la verdadera felicidad no está en conseguir que todos me miren, sino en aprender a amar como Cristo.

R — RESISTENCIA AL PECADO.

La vida de María no estuvo exenta de dificultades. Belén, la huida a Egipto, la incertidumbre, el dolor y finalmente la cruz de su Hijo fueron parte de su peregrinación. Sin embargo, permaneció fiel. La Asunción nos anuncia que la fidelidad no es inútil. Dios lleva a plenitud la vida de quien persevera en Él. Por eso, la pureza cristiana no consiste únicamente en evitar aquello que está mal; implica también tener la fortaleza para elegir una y otra vez aquello que conduce a Dios.

Í — ÍNTIMA AMISTAD CON DIOS.

San Lucas nos dice que María “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). María tenía vida interior. Su corazón estaba habitado por la Palabra y atento a la acción de Dios. Este es uno de los grandes desafíos para los jóvenes de nuestro tiempo: Aprender a hacer silencio, orar, adorar, meditar la Palabra y escuchar a Dios. Un corazón que no cultiva la vida interior termina buscando llenar su vacío con cualquier cosa. María nos enseña que solamente Dios puede ocupar el centro del corazón humano.

A — ALEGRÍA DE LA ESPERANZA.

En el Magníficat María proclama: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1,48-49). La Asunción es una fiesta de esperanza. Lo que Dios realizó en María anticipa aquello que quiere realizar en nosotros. Nuestra meta no consiste solamente en sobrevivir esta vida, acumular bienes, alcanzar éxitos o recibir reconocimientos. Nuestra meta es el cielo, vivir eternamente con Dios.

María, Asunta al cielo, no se aleja de nosotros. Al contrario, nos muestra el camino. Ella no nos aparta de Cristo, nos conduce hacia Él. En María descubrimos que pertenecer totalmente a Dios no disminuye nuestra humanidad; la lleva a su plenitud.

Ayer 15 de agosto, al contemplar a nuestra Madre glorificada, podemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué estoy dejando entrar en mi corazón?, ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida?, ¿estoy viviendo para el mundo o caminando hacia el cielo?, ¿mi cuerpo, mis decisiones, mis relaciones y mis proyectos manifiestan que pertenezco a Cristo?

ORACIÓN

Santa María de la Asunción, Madre tierna y cercana, enséñanos a caminar hacia el cielo con los pies firmes en la tierra, el corazón vuelto hacia Dios y los ojos puestos en Cristo.

Madre purísima, alcánzanos la pureza del corazón, para que nuestros afectos, pensamientos y deseos no se aparten de Dios; la pureza de intención, para que en todo lo que hagamos busquemos agradarle a Él y no nuestra propia gloria; y la pureza de la mirada, para que aprendamos a contemplar a cada persona con respeto, dignidad y caridad, descubriendo en ella la imagen de Dios.

 Padre eterno, gracias por habernos dado en María una Madre y un signo luminoso de nuestra esperanza. Haz que, contemplándola glorificada en el cielo, nunca olvidemos que también nosotros hemos sido creados para Ti y llamados a la vida eterna.

Jesús, Hijo amado del Padre, forma en nosotros un corazón semejante al tuyo. Enséñanos, como María, a decir cada día: “Hágase en mí según tu palabra”. Que nuestra vida sea una respuesta de amor, humilde y generosa, y que sepamos entregarnos a Ti en cada persona, en cada servicio y en cada circunstancia.

Espíritu Santo, santifica nuestro corazón, purifica nuestros pensamientos, intenciones y miradas; líbranos de todo aquello que oscurece nuestra alma y concédenos la gracia de vivir con un corazón limpio, sincero y transparente ante Dios y ante los hermanos. Danos fortaleza para resistir el pecado y perseverar en el bien.

Madre María Asunta al cielo, en cuerpo y alma, enséñanos a vivir con esperanza, a amar con pureza, a servir con alegría y a perseverar con fidelidad, hasta que un día, por tu misericordia, podamos contemplarte eternamente en la gloria.

Santa María de la Asunción, Madre de Guadalupe, llévanos de tu mano hacia Cristo y condúcenos, con corazón puro y mirada limpia, hasta la gloria del cielo. Amén.