Hay coincidencias que, leídas con los ojos de la fe, dejan de ser simples coincidencias para convertirse en auténticas catequesis de Dios.
Durante el pasado mes de julio tuve la gracia de predicar en dos comunidades con motivo de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen: Primero en la Capilla de Adoración Perpetua del Santuario de Guadalupe, que celebraba sus primeros cinco años, y después en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen. En ambas reflexionamos sobre la riqueza de la espiritualidad carmelitana, esa escuela de oración que ha dado a la Iglesia santos cuya vida demuestra que es posible vivir con el corazón completamente unido a Cristo.
Hoy la Providencia vuelve a conducir nuestra mirada hacia el Carmelo. El Evangelio de este domingo (Mt 14,22-33) nos presenta a Pedro caminando sobre las aguas, mientras la Iglesia celebra la memoria de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, conocida como Edith Stein.
No podía dejar pasar esta providencial coincidencia.
El evangelista san Mateo describe una escena que todos hemos experimentado alguna vez. Los discípulos navegan en medio de la noche; el viento es contrario, las olas golpean la barca y el miedo comienza a apoderarse de ellos. De pronto aparece Jesús caminando sobre el mar. Pedro, con la audacia que lo caracteriza, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.» Jesús responde con una sola palabra: «Ven.»
Mientras Pedro mantiene fija la mirada en Jesús sucede lo imposible, camina sobre el agua. Pero cuando deja de mirar al Señor y dirige su atención al viento y a las olas, comienza a hundirse. Entonces brota uno de los gritos más sinceros de toda la Escritura: «¡Señor, sálvame!»
Jesús extiende inmediatamente la mano, lo sostiene y le dirige una pregunta que atraviesa los siglos: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?»
¿NO ES TAMBIÉN NUESTRA HISTORIA?
Todos conocemos tormentas capaces de hacernos tambalear: Enfermedades, problemas familiares, incertidumbre económica, violencia, desilusiones, crisis de fe o el cansancio espiritual que nos hace pensar que Dios guarda silencio.
El problema no suele ser el tamaño de las olas, sino dejar de mirar a Cristo.
Eso mismo nos enseña la santa cuya memoria celebramos este domingo.
Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau, entonces Alemania (hoy Wroclaw, Polonia), en el seno de una familia judía. Dotada de una inteligencia extraordinaria, estudió filosofía y llegó a ser discípula del célebre Edmund Husserl, fundador de la fenomenología. Durante algunos años se declaró agnóstica; no porque despreciara a Dios, sino porque estaba convencida de que la verdad debía buscarse con absoluta honestidad intelectual.
Y QUIEN BUSCA SINCERAMENTE LA VERDAD TERMINA ENCONTRÁNDOSE CON DIOS
La lectura del Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús cambió su existencia. Al terminarlo exclamó: «¡Esta es la verdad!»
Recibió el Bautismo en 1922 y años después ingresó al Carmelo Descalzo, donde tomó el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz.
Su nombre fue también un programa de vida: Abrazar a Cristo sin condiciones, incluso cuando el camino condujera al sufrimiento.
Dejó escrita una frase que conserva plena actualidad: «Quien busca la verdad, busca a Dios, sea consciente de ello o no».
Vivimos en una época donde abundan las opiniones y la información, pero escasea la búsqueda sincera de la verdad. Muchos buscan tener razón; pocos buscan dejarse transformar por la Verdad.
Edith comprendió que la verdad no era solo una idea filosófica; tenía un rostro: Jesucristo.
Cuando el régimen nazi intensificó la persecución contra los judíos, no buscó privilegios ni renunció a su fe. Fue arrestada junto con su hermana Rosa y ambas murieron en Auschwitz el 9 de agosto de 1942, ofreciendo su vida unidas al sacrificio de Cristo.
HUMANAMENTE PARECÍA UNA DERROTA; A LOS OJOS DE DIOS FUE UNA VICTORIA DE LA GRACIA
San Juan Pablo II la canonizó en 1998 y la proclamó copatrona de Europa. En ella convergen la herencia de Israel, la riqueza del pensamiento filosófico y la plenitud de la fe cristiana. Su vida demuestra que la razón y la fe no son enemigas; cuando ambas buscan honestamente la verdad, terminan encontrándose en Cristo. Su martirio recuerda el terrible precio que se paga cuando una sociedad pretende construir su futuro sin Dios y sin respeto por la dignidad inviolable de toda persona.
Pedro caminó sobre las aguas durante unos instantes.
Edith Stein caminó sobre las aguas durante toda su vida.
Pedro comenzó a hundirse cuando apartó los ojos del Maestro.
Edith jamás dejó de contemplarlo.
QUIZÁ HOY JESÚS VUELVA A DIRIGIRNOS LA MISMA INVITACIÓN: «VEN»
Ven a confiar. Ven a dejar de vivir dominado por el miedo. Ven a creer que la gracia es más fuerte que tus heridas. Ven a descubrir que ninguna tormenta puede vencer a quien permanece unido a Cristo.
El Evangelio concluye con una de las profesiones de fe más hermosas del Nuevo Testamento: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33).
Esa misma confesión resume también la vida de Edith Stein. Comenzó buscando la verdad desde la filosofía y terminó encontrando a la Verdad hecha Persona. Los discípulos llegaron a la fe después del milagro sobre el lago; Edith alcanzó la misma certeza recorriendo el camino de la inteligencia, la oración, el Carmelo y la cruz.
Pedro descubrió que la fe vence al miedo cuando mantiene los ojos fijos en Jesús. Edith Stein descubrió que la inteligencia alcanza su plenitud cuando se arrodilla ante Él. Ambos terminaron proclamando, con la vida más que con las palabras: «Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios».
Esa es también la invitación para nosotros: No permitir que el ruido del mundo, las tempestades de cada día o nuestras propias fragilidades desvíen la mirada del Señor. Mientras nuestros ojos permanezcan fijos en Cristo, nunca estaremos verdaderamente solos. Su mano seguirá extendida para sostenernos, levantarnos y conducirnos hasta el puerto seguro de la vida eterna.
Pidamos a la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Carmen, Madre y Reina del Carmelo, que nos enseñe el secreto de todos los santos carmelitas: Vivir con la mirada fija en Jesús.
Que Ella nos obtenga la gracia de buscar siempre la verdad con humildad, abrazar la cruz con esperanza, permanecer fieles en medio de las tormentas y, siguiendo el ejemplo de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, hacer de toda nuestra vida una constante profesión de fe: «Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios». Amén.




