No hay que ver el árbol, hay que mirar el bosque completo

En economía, pocas palabras generan tanto optimismo como “récord histórico”, y es ahí donde México tiene razones para utilizarla

No hay que ver el árbol, hay que mirar el bosque completo

En economía, estimado lector(a), pocas palabras generan tanto optimismo como “récord histórico”, y es ahí donde México tiene razones para utilizarla. Durante el primer semestre de 2026, nuestro país recibió 34 mil 968 millones de dólares de Inversión Extranjera Directa según datos del Gobierno de México, es decir, la cifra más alta registrada para un periodo similar y 2.1% superior a la observada durante los primeros seis meses de 2025. El dato, por sí solo, parece confirmar una narrativa que hemos escuchado durante los últimos años que nos menciona a México viviendo un momento privilegiado para atraer capital extranjero.

Sin embargo, los grandes números suelen contar solamente una parte de la historia, como podemos escuchar comúnmente, “solamente miramos el árbol sin contemplar de forma completa el bosque”. En ese sentido, para entender realmente qué está pasando con la inversión en México no basta con conocer cuánto dinero entra al país, sino que también necesitamos saber de dónde viene y, sobre todo, si corresponde a empresas nuevas que están llegando o a compañías que llevan años instaladas y simplemente están reinvirtiendo sus ganancias.

Ahí es donde el récord adquiere otro significado. De los casi 35 mil millones de dólares recibidos durante el primer semestre, 30 mil 957 millones, equivalentes al 88.5%, correspondieron a reinversión de utilidades. Otros 1,285 millones, alrededor del 3.7%, provinieron de cuentas entre compañías. Las nuevas inversiones representaron solamente 2 mil 726 millones de dólares, es decir, 7.8% del total, de acuerdo con datos presentados por el Gobierno de México en este año.

Puesto de otra manera, es decir, de cada 100 dólares registrados como inversión extranjera en México durante los primeros seis meses del año, aproximadamente 89 provinieron de empresas que ya estaban aquí y decidieron reinvertir sus utilidades, mientras menos de ocho dólares correspondieron a nuevas inversiones. El récord existe y debe reconocerse, pero su composición obliga a matizar el festejo.

Esto tampoco significa que la reinversión sea una mala noticia. Al contrario. Cuando una empresa extranjera que conoce la regulación mexicana, paga salarios, utiliza nuestra infraestructura, enfrenta nuestros problemas de seguridad y entiende las ventajas y dificultades de operar en el país decide dejar aquí sus ganancias para seguir creciendo, está enviando una señal importante de confianza. Ese dinero puede convertirse en nuevas líneas de producción, maquinaria, tecnología y empleos. Con esto, México está demostrando que quienes ya apostaron por el país, en términos generales, siguen encontrando razones para hacerlo.

El problema aparece cuando confundimos esa confianza con la llegada masiva de nuevos inversionistas. Durante el primer semestre de 2025, las nuevas inversiones habían alcanzado 3 mil 149 millones de dólares y representaban 9.2% de la IED. Un año después fueron 2 mil 726 millones y 7.8%. Es decir, mientras la inversión extranjera total creció, el componente correspondiente a nuevas inversiones disminuyó aproximadamente 13%.

Ahora bien, la ONU Comercio y Desarrollo reportó que el valor anunciado de los proyectos de nueva creación conocidos como “greenfield” en México, los cuales normalmente implican nuevas instalaciones y capacidad productiva, pasó de alrededor de 44 mil millones de dólares en 2024 a cerca de 24 mil millones en 2025. Estamos hablando de una reducción cercana al 45%.

En mi criterio, es ahí precisamente donde comienza el verdadero reto para México. El país no está enfrentando una salida generalizada de capital extranjero, sino que está enfrentando algo mucho más complejo, es decir, que las empresas que ya conocen México continúan apostando fuertemente por él, mientras una parte de quienes todavía están afuera parece observar con mayor cautela antes de colocar aquí su siguiente gran inversión.

Esa diferencia tiene cierta lógica. Y es que para una empresa que lleva veinte años produciendo en México, ampliar una planta existente puede resultar mucho más sencillo que para otra compañía decidir desde cero dónde construirá su próxima fábrica. La primera ya conoce proveedores, trabajadores, infraestructura y autoridades. La segunda compara a México con Estados Unidos, Canadá, Brasil, India, Vietnam o cualquier otro país capaz de ofrecer condiciones competitivas durante los próximos veinte o treinta años.

Ahora bien, México tiene cartas extraordinarias para competir por esas inversiones, es decir, ubicación geográfica, acceso privilegiado al mercado estadounidense, una industria manufacturera consolidada, trabajadores especializados y una extensa red de tratados comerciales. Pero ninguna de esas ventajas garantiza por sí sola que una empresa elegirá México. El capital busca oportunidades, pero también certidumbre, infraestructura, energía suficiente, seguridad y reglas que permitan planear inversiones que tardarán décadas en recuperarse.

Quizá por eso deberíamos observar el récord de 2026 con optimismo, pero también con prudencia. Que casi nueve de cada diez dólares provengan de reinversión nos dice algo valioso, es decir, quienes ya están dentro todavía creen en México. Pero también este número nos habla que menos de uno de cada diez corresponda a nuevas inversiones y ello nos plantea una pregunta mucho más incómoda, ¿estamos siendo igual de convincentes para quienes todavía están afuera?

Esa será una de las grandes pruebas económicas de los próximos años. El nearshoring abrió una ventana histórica para México, pero las ventanas también se cierran. No basta con estar junto a Estados Unidos ni con celebrar cifras récord. Hay que convertir nuestra posición geográfica en confianza, nuestra integración comercial en nuevas fábricas y las oportunidades anunciadas en inversiones concretas.

Acepto la idea de consolidar y celebrar lo que ya tenemos. Es una buena noticia que quienes apostaron por México sigan confiando en el país. Pero conseguir que nuevos inversionistas también decidan hacerlo será todavía más importante, porque, sin temor a equivocarme, las inversiones que logremos atraer hoy serán el reflejo anticipado del México que tendremos mañana.