México qué herido


Es fácil entender que el pueblo de México estaba harto del PAN y del PRI y de sus satélites electoreros, como el Partido Verde, entre otros muchos. Es sencillo darse cuenta que la clase política ha sido en su mayoría ineficiente, corrupta y sin amor por la patria y el servicio público. Es viable darse cuenta a leguas que las cosas no estaban funcionando en este país. Es comprensible que la gente necesite un héroe en quien sentar sus esperanzas.  Que la raza sueñe con un caudillo que les hable de ilusiones socioeconómicas, y que les inspire sueños guajiros trasnochados. Tener a alguien que hable de una “austeridad republicana”, aunque suene tan fifí. Que intente empoderar a los indígenas y a los connacionales olvidados, que, contrario al crecimiento económico, son lo único que ha aumentado en esta tierra: los pobres. Es compresible que celebren a alguien que venga con todo para abrir el consumo lúdico de la mota, o impúdico, como sea. Que alaben a alguien que vino a poner en onda esa marabunta que se hace llamar la “Marea Verde” (a la que el color rojo o negro le iría mejor), para que exijan abortos con cargo al erario para todos. Alguien que fomentara aún más la división entre la gente con payasadas como el “lenguaje inclusivo” en la Constitución, como si eso fuera necesario o sirviera de algo en un país que pende de un hilo.



Pero todo queda en sueños, porque por el presidente por el que votaron (¡sí, treinta millones de mexicanos; el más votado de la historia!), aunque 30 millones no es tanto, tomando en cuenta que somos 125 millones de mexicanos, no tiene experiencia en nada, más que en mal hablar, porque le es imposible pronunciar un discurso con más de 5 palabras a la vez, de que no habla o lee otro idioma, de que aprovecha los medios y recursos del estado para acusar, espiar, evadir, maldecir, ofender, mostrando desconocimiento de causa superlativo, pero eso sí, con la intención de imponer una honestidad (republicana) como bandera engaña bobos, porque, después de divagar 18 años para llegar a la presidencia no traía planes sólidos, claros y precisos para conciliar y dirigir los esfuerzos de un pueblo urgido de salir de la barranca, en donde, precisamente, la misma clase política nos llevó. Era de pensarse que de perdida armaría un gabinete de gobierno competitivo, pero ni eso, porque salvo sus escasas excepciones, son estrechos de pensamiento, corruptos, hambreados y lambiscones de gran calado. Todo se siente improvisado, en un culto a la personalidad desbocado. No es posible. Y, no, no es en mala onda mi diatriba, es solo un exorcismo personal, porque en ningún momento dejaremos de vivir para servir, ni dejaremos de pagar impuestos, ni dejaremos de creer que es un grave error poner las expectativas de un mejor México en las manos de un ídolo incondicional.



Sé que hay quienes gozarían y están haciendo todo lo posible para que todo le salga mal al presidente, mezquinos, como siempre, que quieren volver a la ubre de una vaca cada vez más flaca. Aquí se trata de ser ciudadanos corresponsables en la creación de un mejor país para todos. La verdad es que justo en este momento su caudillo tiene un encontronazo con el partido que lo llevó al poder en un acto de lágrimas y risas.



No es necesario mencionar el caso Culiacán, ni el aeropuerto fallido, ni el supuesto “Golpe de Estado”, ni la inseguridad y demás pifias que en la absurda conferencia mañanera diaria se rehúyen, para poner el grito en el cielo por este México qué herido. ¡Que se escuche!